domingo, enero 10, 2010

Textos publicados II

Rogelio Villarreal por Rogelio Villarreal
El padre desde el hijo



Lo interesante en el periodismo es entrevistar a alguien, conocer sus puntos de vista, entender su mundo, hacerlo propio. Lo interesante es preparar las preguntas y estar atento, escuchar entre líneas, buscar la respuesta que deja algo roto, incomprendido, incompleto. Lo interesante es conseguir toda la información, preguntar lo mismo de diferentes formas, insistir, con gracia o sin ella, no quedarse con la primera respuesta. Lo interesante es conseguir lo que se estaba buscando desde el principio o cambiar el propio punto de vista por completo. Transformarse, reconstruirse, reestructurarse. El periodista —el pensante, no aquel que nomás hace sus notas de los boletines— tiene todas estas ventajas. Preguntar enciende el pensamiento.
Pero más interesante aún es escribir el reportaje. Enfrentar la memoria y la oralidad contra las palabras escritas. Transmitir las emociones, los gestos, las expresiones. No es fácil, en especial cuando se tiene el tiempo encima, cuando todo se hace sobre las piernas porque los editores no esperan. Corriendo, teniendo la sensación de que se pudo trabajar mejor, de que los periodistas queremos ser escritores y dejar de nomás redactar.
En el camino a veces se encuentra algo, la mayoría de las veces leer lo escrito días después es como traer una piedra en el estómago.
Así, para corregir estos errores, habrá que pensar en el trabajo del editor, y no hablo nada más del editor de periódicos, sino también del editor de libros. Tan odiado y necesitado, últimamente olvidado, desvanecido, disminuido. Confundido con el corrector y mal pagado, el editor es un oficio que poco a poco desaparece.
Perdido entre los correctores automáticos de los procesadores de texto, un buen editor trabaja con las palabras al igual que el escritor, pero además tiene que ser todavía más culto y mejor lector que un escritor. El buen editor no tiene piedad. No debe compadecerse del escritor primerizo ni del consagrado. Si cualquiera de los dos no puede escribir adecuadamente una línea es imperdonable. El buen editor sabe que a ningún escritor le va a caer bien. De hecho será odiado. Su labor, que cuando bien hecha debe de agradecerse, es la de quien recibe los golpes. Pero también es de quien conoce las herramientas.
Algo muy similar cree Rogelio Villarreal Macías que pensaba su padre Rogelio Villarreal Huerta. Un editor debe tener “una vasta educación universitaria, humanista, técnica, y empapada de los entresijos del trabajo de imprenta. Son escasos los editores de hoy que conocen de talleres, papeles e imprentas, y más los que apenas saben de corrección de estilo y hasta de ortografía y sintaxis. Planeta, Mondadori, Alfaguara... entregan libros cada vez peor cuidados, por no hablar de la calidad editorial de la obra en sí”, explica.
El mismo Rogelio hijo piensa que en la actualidad el oficio está devaluado, llegando a grados extremadamente vergonzosos. “Tan fácil como ver las ediciones de los grupos transnacionales para darse cuenta de la (sic) impreparación y falta de criterios editoriales. El editor debe ser un profesional, un extraordinario lector, sensible, enterado.” Afirma desde la distancia digital. Lo imagino sentado frente a su computadora, en ese pequeño cuarto de su departamento en Guadalajara que funciona como estudio, repleto de libros y revistas.
Diez años de amistad fértil me unen a Villarreal Macías. No únicamente fue uno de los que me introdujeron al mundo editorial (el otro fue Jaime Muñoz) sino que también me presentó, para bien o para mal, a escritores pertenecientes a la vida literaria mexicana. Pero a su padre lo conocía desde antes.
Lo recuerdo casi siempre vestido de guayabera blanca, la cara casi transparente gracias al mal del pinto, con su sombrero también blanco y el bastón que lo ayudaba a caminar. Se le podía encontrar en todas las presentaciones de libros, como si tuviera que perseguir las letras a todos lados. Era muy querido por muchos, pero también rechazado por otros. Rogelio recuerda cuando su padre fue atacado por un escritor: “Hasta donde yo sé, es que este escritor estaba un poco molesto porque (mi padre) no (le) quería publicar un libro, también le hacía bromas como ésa que le decía que no era un escritor maldito, sino un maldito escritor. Estaban tomando en su casa, mi papa se descuidó, le dio la espalda y él le dio, no un cuchillazo mortal, sino una herida en el cuello”. Ésta, entre otras tantas anécdotas, hace coincidir a varios, entre ellos su propio hijo, que don Rogelio Villarreal era un personaje lagunero que merece más de un comentario publicado en alguna perdida revista cultural.

Pero ser editor no tiene el glamour de ser escritor. Un editor sabe que, comúnmente, no figurará entre los grandes nombres de la literatura. ¿Cómo se hace un editor? Rogelio explica que su padre salió de Torreón, precisamente por la falta de trabajo. En la Ciudad de México trabajó y enseñó a sus hijos a corregir pruebas tipográficas y a editar. Recuerda que los dieciocho años su padre le consiguió su primer trabajo serio como corrector en el Fondo de Cultura Económica.
Mientras el hijo comenzaba su carrera editorial, don Rogelio publicó una interesante cantidad de grandes autores mexicanos: “Germán List Arzubide, Heberto Castillo, quien era, en esa época, perseguido por la policía priista, a Emilio Uranga, a Adela Palacios y otros más. Mi papá se reunía con ellos para discutir... [para] la borrachera y acordar la edición de sus libros. Me gustaba mucho estar ahí, verlos y platicar con ellos”.
Años después Rogelio Villarreal Huerta regresará a Torreón para llevar una vida más tranquila y hacer lo que todos queremos: escribir.
Rogelio: “Decía que quería escribir, y dejó muchísimos papelitos, notas sueltas, pero al parecer nunca lo hizo. Todo era material para publicar un volumen de cuentos, una novela sobre el 68, pero no lo hizo...”, en lugar de eso comenzó a tomar y a trabajar, una vez más, como editor.
Aquí aparecen las dos actividades que contaminarán la vida de nuestro editor: el alcohol y editar en Torreón. A la pregunta: ¿Alguna vez te contó lo que era ser editor en La Laguna?, Rogelio afirma que no le preguntaba mucho a su padre acerca del oficio en Torreón, alguna vez le comentó sobre lo difícil que era trabajar con “autores necios, latosos, incultos, provincianos en el peor sentido de la palabra”. Los autores que valían la pena eran pocos, la mayoría de los libros encargados solucionaban el problema de la vida doméstica pero no el problema de la literatura en Torreón: mucha palabrería, poca sustancia.
Esta es la visión del hijo y aquí se ha tratado de reconstruir al padre desde su mirada. Rogelio afirma que, aunque muy pocos de esos libros valían la pena, “no te puedo decir mucho, no hablaba de su trabajo en Torreón y yo no le pregunté. Le gustaba ir a eventos culturales, a sus fiestas, a sus borracheras, seguía siendo un hombre culto, interesante. Pero su trabajo editorial ya venía a menos, incluso desde el D.F. Al final la publicación se volvió un mal negocio para él”.
El alcohol como un ente fantasmal en la vida de don Rogelio va a ser lo que no le permita terminar su propia obra. Rogelio no se avergüenza de su padre, pero sí siente cierta pena porque sabe que un hombre tan entregado al conocimiento y a la literatura no pudo completar sus últimos propósitos.
Después de la entrevista y ya con días de por medio me di cuenta de que la figura de Rogelio Villarreal Huerta es una y muchas al mismo tiempo. Pero hay un par de características generales: era un duro crítico pero siempre dispuesto a ayudar a cualquiera que se acercara a la literatura, y por otro lado el alcohol fue su compañero pero también terminó hundiéndolo.
La relación entre Rogelio Villarreal y su padre ha adquirido un significado diferente. Ya sabía del gran amor y admiración que profesaba hacia él, pero he notado que el amor filial es también crítico. Rogelio hijo critica a su padre por dejar a veces los trabajos inconclusos; también le molesta que estuviera tan ligado al alcohol que a veces le impedía trabajar correctamente e incluso lo puso en peligro más de una vez.
Lo interesante, en el reportaje, es encontrar puntos de vista diferentes. Este reportaje es insuficiente para entender la complejidad de uno de los pocos editores laguneros, tal vez unas palabras de su hijo nos ayuden a comprender mejor: “Fue un hombre sabio, inquieto, neurótico, con ganas de saber cada vez más. Reunió una biblioteca respetable, de varios miles de volúmenes. Sin embargo, el alcohol le restó energías y lucidez. Creo que se quedó con las ganas de publicar una buena novela, un volumen respetable de cuentos... Dejó cientos de papeles que leo de vez en vez, y de los cuales me gustaría hacer una selección para publicar, lo haré próximamente”.

Entrevista publicada en la revista Acequias 47 Primavera del 2009. Universidad Iberoamericana, Laguna

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