viernes, enero 03, 2014

Adiós a esta blog.

Pues nada, que despues de muchos años y pocas publicaciones he decidido dejar esta despedida y ya, sin demasiados aspavientos, abandonar este blog. Recuerdo que lo comencé porque odiaba mi trabajo y, por un tiempo, fue mi desahogo. Releeo lo que publiqué entonces y me avergüenza un poco mi redacción. Eso demuestra que algo he progresado, un poco, pero lo suficiente para notarlo.
No sé si abriré algo nuevo en otra plataforma, la vida que tengo últimamente no me permite atender tantas redes sociales.
Saludos a todos, fue divertido.

miércoles, julio 17, 2013

Presentación de "Melamina"

La primera presentación de mi tercer libro será en la ciudad donde fue creado. No falten, desgraciados.


martes, febrero 12, 2013

El caballero de la armadura orinada #2

Segundo 
Donde se cuenta el primer encuentro de verdad peligroso que tuvo El Caballero de la Armadura Orinada.

El Caballero de la Armadura Orinada apenas había dejado su rancho atrás cuando sintió que alguien lo seguía. Paró por un momento a su maravilloso pony sin raza distinguible y oteó el horizonte, después también oteó su retaguardia y pudo notar que, afortunadamente, sus esfínteres se mantenían sosegados. Tal vez sí había tenido una gran idea y este viaje le ayudaría a conocerse mejor y sobre todo, a conocer mejor sus orificios y sus movimientos singulares. Pero además, sabía que si lograba lo anterior, podría regresar sin vergüenza frente a doña Lorenzana de Zamarripa, la del copete estorboso, y declararle su amor sin que su ano se rebelara y decidiera soltar su contenido nomás porque sí.
Así iba pensando aquel martes a mediodía, pésima hora para comenzar cualquier aventura, he de decirlo, a esa hora el sol está en su cenit y en el desierto se siente un calor tan asqueroso que es mejor no moverse durante esas horas.
Entonces, así iba pensando, cuando se le cruzó en el camino un Sanborns, algo inédito porque él sabía que no existían en las cercanías del rancho. En fin, la curiosidad le ganó y decidió aparcar a su caballo en el estacionamiento.
Adentro descubrió porqué esos lugares son tan maravillosos. El aire acondicionado lo acarició con sensualidad, casi con amor, como si él fuera una novia virginal, como en realidad esperaba que fuera su amada doña Lorenzana, la de pies ligeros pero olorosos. Los empleados que vestían sacos rojos se desplazaban en silencio sin molestar a los clientes, era casi como si pudiera atravesarlos. La música que sonaba en la sección de discos era agradable pero nimia, los perfumes que en otras tiendas agredían la nariz como soldados invisibles, aquí eran apenas perceptibles. La sección de libros y revistas se desbordaba. Sobre todo había ejemplares para superar cualquier problema, desde los rompimientos amorosos hasta las espinillas y barros ajenos. Por ahí se paseó nuestro héroe, alegre por comenzar su viaje de auto reconocimiento anal en un lugar tan simpático.
Fue entonces que se le antojó una cerveza. Sabía que en el bar la sirven helada y que además las meseras llevan un uniforme tan simpático que dan ganas de agarrarlas a patadas.
Entró y de inmediato se dio cuenta de que el lugar estaba casi vacío, fantasmal. Nada más encontró una mesera, el barman, el pianista versátil, un par de ancianos, una pareja de secretarias, otro mesero dormido más allá y un tipo, algo borracho, sobre la barra. Está bien, el lugar no estaba casi vacío, pero el caballero lo percibió así a través de su casco, el cual se quitó al sentarse a la barra.
Pidió su cerveza y volteó a ver al borracho quién ya se había erguido y lo miraba con una sonrisita. El tipo era razonablemente feo, de pelo crespo, moreno, con algunas espinillas listas para ser exprimidas, nariz ancha, ojos demasiado alejados uno del otro y una boca vulgar, gruesa, que cuando sonreía dejaba ver la falta de dientes y que los restantes vivían un festín de caries.
A pesar de la fealdad, el Caballero encontró agradable aquella compañía y comenzó una plática inocente.
El hombre comenzó a platicarle su vida, le explicó que venía de un lugar donde tenían autos último modelo, casas enormes, vida social activa pero que todos estaban feos como golpear a la madre el diez de mayo. También le platicó que tenían pésimo gusto musical, pero que eso era lo que le gustaba. En ese momento, casi como si estuvieran organizados, el pianista versátil comenzó a tocar “Amar y querer”. Aquel hombre se emocionó y le dijo que él era un borracho cursi que escuchaba a José José.
Le dijo que bebía sólo brandy Don Pedro.
Le dijo que siempre intentaba ligarse secretarias en el bar de Sanborns.
Le dijo que aplaudía en el cine en las partes emocionantes.
Le dijo que Titanic lo había emocionado.
Le dijo que en navidad ponía tantas luces en su casa que dejaba ciego a quien las viera fijamente.
Le dijo que le encantaban las chuletas de cerdo marinadas en Coca-Cola.
Le dijo que iba a los centros comerciales a pasearse con su mejor ropa.
Le dijo que odiaba a los jotos aunque se reía mucho de los comediantes afeminados.
Le dijo que nunca leía el periódico pero que tenía muchos libros de superación en su casa.
Le dijo que la caca le daba asquito.
En ese momento el Sanborns se desvaneció como si el Caballero estuviera soñando y quedó ahí, sentado en una piedra, en medio del desierto frente a aquel hombre espantoso. Pronto lo reconoció.
El Caballero se enfrentaba con su primer gran enemigo: El Pipope Asesino. Un fantasmal hombre que aterrorizaba a todo aquel que decidiera cruzar el desierto. No sé porqué si era poblano andaba en el desierto, pero en fin. Ahí estaba y nuestro héroe tenía miedo. Pronto su armadura despedía un terrible tufo a mierda.
Pronto se lamentó porque no visitó los baños del Sanborns antes de ir a beber su cerveza. La leyenda dice que son extremadamente limpios.
Venciendo su propio miedo, decidió enfrentar al enemigo, empuño su lanza y corrió presuroso a batirse valientemente.

jueves, diciembre 27, 2012

El caballero de la armadura orinada #1



Primero
Que trata de las razones y experiencias que El Caballero de la Armadura Orinada vivió antes de convertirse en héroe anal.

En algún lugar del norte de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, lo que pasa es que es un rancho y por lo tanto tampoco tiene mucha importancia; vivía un hombre con graves problemas digestivos. Bien, habrá que aclarar que no eran problemas digestivos, sino anales. Y sobre todo habría que explicar que no siempre fue igual. Él fue un hombre normal, comía a sus horas y cagaba casi de inmediato. Era como un muñequito. Lo que entraba salía sin problemas, pero tampoco en exceso.
Pero este hombre leyó demasiados libros de intelectuales mexicanos renombrados. Comenzó con algo leve, un poco de Monsiváis que combinaba ingenuamente con textos de Poniatowska. No creía que pudiera sucederle algo, ambos autores eran adorados y reconocidos por todos los lectores de su rancho. Porque era un rancho de lectores, “cosa extraña”, pensaría cualquiera.
Siguió adelante con sus lecturas, pronto llegó a Gabriel García Márquez y Mario Benedetti. Se sentía orgulloso de ser latino y veía aquel desierto como un infierno. Soñaba con vivir en la selva y conocer los caminos de Macondo.
Esas lecturas lo llevaron a visitar todo el boom hispanoamericano, su mirada se perdía en el sur y despreciaba a sus vecinos agringados. Poco a poco se sentía alejado de su verdadera tierra: las selvas sureñas.
Nuevas lecturas acudieron a su encuentro, descubrió a Carlos Fuentes y a Octavio Paz. No podía equivocarse, todos los citaban, habían andado por el mundo entero y hasta salían en la tele. Cuando un escritor aparece en la televisión es símbolo de que ha llegado al punto más alto de su carrera.
Así, este hombre, que arrepentido, pronto se convertiría en paladín de los libros de superación, continuó sus lecturas sin imaginar que su ser más interno, sus esfínteres pronto iban a rebelarse y demostrar su odio contra la ñoñería supuestamente profunda.
Sus lecturas comenzaron a demostrar efectos. Se sorprendía a sí mismo pensando en tono poético. Creía que la miseria y la pobreza eran, en realidad, sorprendentes y enigmáticas. Sentía el espíritu latinoamericano, leía sobre el Che y escuchaba trova cubana. Su mundo se convirtió en una serie de clichés revolucionarios.
Afortunadamente para todos, esto no podría seguir por mucho tiempo. No todo su cuerpo se había rendido al realismo mágico. Su ano seguía fiel a su lugar de origen y cada vez que su dueño leía a Eduardo Galeano, se contraía con un espasmo violento.
Las venas abiertas de América Latina había sido un castigo terrible, pero la gota que derramó el vaso fue cuando comenzó a leer a Jorge Volpi. Su ano soltó un pedo enfurecido y de inmediato se dilató. “¿Por qué me hace esto?” parecía decir, “¿acaso ya no tienes sentido común?”
Él no supo qué sucedía, sólo se dio cuenta que de pronto sentía el pantalón de mezclilla mojado. Sus nalgas chapoteaban en mierda. Corrió al baño.
Pensó que sólo había sido un momento, quizá algo que había comido. Tal vez un bicho que se había metido en su estómago. Pensó que era momento de dejar de comer en la calle.
Pero no todo había terminado. Esa misma noche tuvo una cita con la mujer que lo había cautivado desde algunos meses atrás. Era una fuerte y alta damita que no compartía su interés por la revolución cursi-literaria pero que algo más veía en él porque aceptaba sus avances y regalos.
Y mientras él, después de una cena abundante y carnívora, recitaba poemas de Benedetti al oído de doña Lorenzana de Zamarripa, la de los pechos turgentes, su ano volvió a tomar vida propia y primero le recetó una descarga sonora y rugiente de pedos tan apestosos que el demonio se taparía la nariz haciendo gestos. Después de eso, se abrió como manguera de bombero y salió tanta mierda que el pantalón de aquel hombre se desbordó, quiero decir que literalmente escapó por todos los lugares posibles.
Qué bueno que ninguno de nosotros estamos comiendo.
Pero doña Lorenzana de Zamarripa, la de la nariz arrugadita, sí estaba masticando un delicioso pedazo de arrachera. Inmediatamente después ya no estaba masticando, ahora estaba vomitando. Lo hizo encima de nuestro héroe, quien salió corriendo como quinceañera humillada. Ella se tuvo que quedar a pagar la cuenta y disculparse con los meseros. Les tocó limpiar, qué mal, pero para eso son meseros, ¿o no?
Al día siguiente, después de meditar largamente, decidió que tendría que salir del rancho, buscar una solución a su problema de esfínteres relajados. Fue ahí que comenzó a planear su viaje. Nadie lo comprendía, sobre todo nadie entendió por qué elegía una armadura como vestimenta. Bajo el sol norteño es la peor elección que había hecho, pero él se veía a sí mismo como un caballero que encontraría la verdad anal. Además, se dio cuenta de que cada vez que se cagara encima, la armadura guardaría aquello y así no gastaría ni en pañales, ni en pantalones. Aquella armadura, reluciente, dorada, sería la mejor manera de cubrir su vergüenza.
Estaba preparado, dejó una carta a su amada que decía:

Amada mía:

Ahora me encontraré a mí mismo. Solucionaré primero este problema antes de declarar mi amor por ti y llevarte hasta la cama matrimonial. Porque al altar no te voy a llevar, ni madres, esas son costumbres pequeñoburguesas. Después de este viaje y después de que logre controlar mis esfínteres. Cogeremos ardorosamente sin pedorrearme. Adiós, pues, amada mía. Sólo recuerda que mi corazón te pertenece.

El Caballero de la Armadura Orinada

Sí, el tipo era cursi, pero firmó muy adecuadamente. Cuando doña Lorenzana de Zamarripa, la de las lágrimas fáciles, se enteró de que su hombre se había ido. Mandó embodegar todos esos libros. Ella sabía que eran los culpables de aquel drama que apenas comenzaba.