jueves, diciembre 27, 2012

El caballero de la armadura orinada #1



Primero
Que trata de las razones y experiencias que El Caballero de la Armadura Orinada vivió antes de convertirse en héroe anal.

En algún lugar del norte de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, lo que pasa es que es un rancho y por lo tanto tampoco tiene mucha importancia; vivía un hombre con graves problemas digestivos. Bien, habrá que aclarar que no eran problemas digestivos, sino anales. Y sobre todo habría que explicar que no siempre fue igual. Él fue un hombre normal, comía a sus horas y cagaba casi de inmediato. Era como un muñequito. Lo que entraba salía sin problemas, pero tampoco en exceso.
Pero este hombre leyó demasiados libros de intelectuales mexicanos renombrados. Comenzó con algo leve, un poco de Monsiváis que combinaba ingenuamente con textos de Poniatowska. No creía que pudiera sucederle algo, ambos autores eran adorados y reconocidos por todos los lectores de su rancho. Porque era un rancho de lectores, “cosa extraña”, pensaría cualquiera.
Siguió adelante con sus lecturas, pronto llegó a Gabriel García Márquez y Mario Benedetti. Se sentía orgulloso de ser latino y veía aquel desierto como un infierno. Soñaba con vivir en la selva y conocer los caminos de Macondo.
Esas lecturas lo llevaron a visitar todo el boom hispanoamericano, su mirada se perdía en el sur y despreciaba a sus vecinos agringados. Poco a poco se sentía alejado de su verdadera tierra: las selvas sureñas.
Nuevas lecturas acudieron a su encuentro, descubrió a Carlos Fuentes y a Octavio Paz. No podía equivocarse, todos los citaban, habían andado por el mundo entero y hasta salían en la tele. Cuando un escritor aparece en la televisión es símbolo de que ha llegado al punto más alto de su carrera.
Así, este hombre, que arrepentido, pronto se convertiría en paladín de los libros de superación, continuó sus lecturas sin imaginar que su ser más interno, sus esfínteres pronto iban a rebelarse y demostrar su odio contra la ñoñería supuestamente profunda.
Sus lecturas comenzaron a demostrar efectos. Se sorprendía a sí mismo pensando en tono poético. Creía que la miseria y la pobreza eran, en realidad, sorprendentes y enigmáticas. Sentía el espíritu latinoamericano, leía sobre el Che y escuchaba trova cubana. Su mundo se convirtió en una serie de clichés revolucionarios.
Afortunadamente para todos, esto no podría seguir por mucho tiempo. No todo su cuerpo se había rendido al realismo mágico. Su ano seguía fiel a su lugar de origen y cada vez que su dueño leía a Eduardo Galeano, se contraía con un espasmo violento.
Las venas abiertas de América Latina había sido un castigo terrible, pero la gota que derramó el vaso fue cuando comenzó a leer a Jorge Volpi. Su ano soltó un pedo enfurecido y de inmediato se dilató. “¿Por qué me hace esto?” parecía decir, “¿acaso ya no tienes sentido común?”
Él no supo qué sucedía, sólo se dio cuenta que de pronto sentía el pantalón de mezclilla mojado. Sus nalgas chapoteaban en mierda. Corrió al baño.
Pensó que sólo había sido un momento, quizá algo que había comido. Tal vez un bicho que se había metido en su estómago. Pensó que era momento de dejar de comer en la calle.
Pero no todo había terminado. Esa misma noche tuvo una cita con la mujer que lo había cautivado desde algunos meses atrás. Era una fuerte y alta damita que no compartía su interés por la revolución cursi-literaria pero que algo más veía en él porque aceptaba sus avances y regalos.
Y mientras él, después de una cena abundante y carnívora, recitaba poemas de Benedetti al oído de doña Lorenzana de Zamarripa, la de los pechos turgentes, su ano volvió a tomar vida propia y primero le recetó una descarga sonora y rugiente de pedos tan apestosos que el demonio se taparía la nariz haciendo gestos. Después de eso, se abrió como manguera de bombero y salió tanta mierda que el pantalón de aquel hombre se desbordó, quiero decir que literalmente escapó por todos los lugares posibles.
Qué bueno que ninguno de nosotros estamos comiendo.
Pero doña Lorenzana de Zamarripa, la de la nariz arrugadita, sí estaba masticando un delicioso pedazo de arrachera. Inmediatamente después ya no estaba masticando, ahora estaba vomitando. Lo hizo encima de nuestro héroe, quien salió corriendo como quinceañera humillada. Ella se tuvo que quedar a pagar la cuenta y disculparse con los meseros. Les tocó limpiar, qué mal, pero para eso son meseros, ¿o no?
Al día siguiente, después de meditar largamente, decidió que tendría que salir del rancho, buscar una solución a su problema de esfínteres relajados. Fue ahí que comenzó a planear su viaje. Nadie lo comprendía, sobre todo nadie entendió por qué elegía una armadura como vestimenta. Bajo el sol norteño es la peor elección que había hecho, pero él se veía a sí mismo como un caballero que encontraría la verdad anal. Además, se dio cuenta de que cada vez que se cagara encima, la armadura guardaría aquello y así no gastaría ni en pañales, ni en pantalones. Aquella armadura, reluciente, dorada, sería la mejor manera de cubrir su vergüenza.
Estaba preparado, dejó una carta a su amada que decía:

Amada mía:

Ahora me encontraré a mí mismo. Solucionaré primero este problema antes de declarar mi amor por ti y llevarte hasta la cama matrimonial. Porque al altar no te voy a llevar, ni madres, esas son costumbres pequeñoburguesas. Después de este viaje y después de que logre controlar mis esfínteres. Cogeremos ardorosamente sin pedorrearme. Adiós, pues, amada mía. Sólo recuerda que mi corazón te pertenece.

El Caballero de la Armadura Orinada

Sí, el tipo era cursi, pero firmó muy adecuadamente. Cuando doña Lorenzana de Zamarripa, la de las lágrimas fáciles, se enteró de que su hombre se había ido. Mandó embodegar todos esos libros. Ella sabía que eran los culpables de aquel drama que apenas comenzaba.

sábado, agosto 18, 2012

Hola, me llamo Daniel y soy villamelón II

Un buen villamelón se alegra por cualquier resultado. Al final no entiende cómo un equipo pierde ganando.

Un buen villamelón se ríe de que otros festejen la derrota. A ver, ¿cómo?

Un buen villamelón no sabe de cambios pero sospecha de ellos.

Un buen villamelón no entiende bien lo de las tarjetas, pero cuando ve una roja lo festeja.

Un buen villamelón espera que su equipo siga ganando por dos goles, aunque no sepa cómo se hace eso.

Un buen villamelón no entiende de jerseys pero le hace la lucha.

Un buen villamelón piensa que el jugador que metió gol hizo sólo su trabajo.

Un buen villamelón no se emociona, analiza con limitados conocimientos.

Un buen villamelón no observa el partido hasta que escucha que los comentaristas se emocionan.

Un buen villamelón no se emociona ante casi nada, excepto cuando su equipo llega al área chica.

lunes, mayo 21, 2012

De la posibilidad dialéctica entre Marx y los Rolling


“¡Morirán morirán
tronarán burgueses
tronarán!
¡Vendrán los proletarios
y os acabarán!”
Parménides García Saldaña

Dice José Agustín[1] que unos meses antes de que Parménides García Saldaña muriera, después de ser enviado a la cárcel porque intentó matar a su madre dos veces, se presentó, completamente enloquecido, en el auditorio Rafael Galván del SUTIN (Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear), donde se reunió el congreso que formaría al PSUM (Partido Socialista Unificado de México), ese partido de izquierda que daba patadas de ahogado intentando juntar al Partido Comunista Mexicano (PCM), el Partido del Pueblo Mexicano (PPM), el Movimiento de Acción Popular (MAP), el Partido de la Revolución Socialista (PRS) y el Movimiento de Acción y Unidad Socialista (MAUS) junto con otros grupos y partidos pequeñitos. Heberto Castillo, en uno de sus arranques comunistas poco ortodoxos  había renunciado a esta unión y afirmaba que la bandera del partido no debería tener una hoz y un martillo, sino un machete y un nopal. Bien, en ese congreso que marcó el principio del fin del comunismo en este país, se presentó el buen Parme y se puso a gritar: “¡Farsantes! ¡Farsantes!” Y es que afirmaba que el espíritu de Stalin lo había poseído y que el verdadero comunismo provenía, obviamente, de la Unión Soviética no de esa creación zombie.
Esta anécdota anterior pinta casi por completo cómo fue la locura final que Parménides fue tiernamente cultivando a lo largo de su corta vida.
Es probable que todo comenzara en su niñez, cuando era la esperanza de su familia clasemediera que vivía en la Narvarte. Existe una anécdota que cuenta Rosa Carmen Ángeles que nos muestra que desde niño le gustaba las experiencias nuevas: 

Un primo suyo cuenta que, en su infancia, en una ocasión, Parménides se extravió en un día de campo: ¿Y Parme? ¿No han visto a Parme? ¿Dónde andará Parme? Llena de mortificación la familia se disparó en su búsqueda. ¿Qué había hecho? Cuando de repente una tía suya apareció con los ojos desorbitados, jalando muy fuerte de una mano al niño y vociferando: “¡Válgame Dios! ¡Mira este chamaco” estaba debajo de una perrita que acababa de parir, chupándole la leche. ¿Pues qué Rómulo y Remo?[2]
                  
Rápidamente su familia se decepcionó de él. Escuchaba rock y le gustaba leer. Era un adolescente de su época, vivió la brecha generacional de los sesentas con toda la intensidad posible. Para molestar a sus padres, él, un hombre conservador que en su juventud se había interesado por el marxismo y ella, una mujer cuadrada que se dedicaba a cuidar del hogar como la mayoría de las esposas abnegadas de la época, salía a la calle y convivía con los tipos más violentos, borrachos y mariguanos de la colonia. Ahora todo eso nos suena a una época simpática e inocente, pero no seamos gandallas y pensemos que escuchar a The Rolling Stones y a Eric Burdon era realmente radical en la clase media mexicana de los sesentas.
Pronto, el nieto favorito de su abuelo materno, el exmayor carrancista Carlos Saldaña, se convirtió en un problema para la familia. No sabemos qué tan graves fueron sus peleas en la escuela, pero fueron suficientes para que su padre lo enviara a un internado en  Baton Rouge, Lousiana. La vida gringa era maravillosa,  no podía compararse con el aburrido DF de los sesentas. El asunto es que Parmenides era un hombre de extremos, así que pronto descubrió los bares de negros en Nueva Orleans y dejó la escuela para vivir el desmadre. Obviamente, pronto su padre lo hizo regresar. Para su hermano menor, Edmundo, fue una ventaja, le trajo “blonde on blonde de dylan, paint it black de los stones y varios más lovin spoonfull young rascals”[3] (sic).
Hablando del hermano, al parecer fue el único con el que tenía una relación amable, se peleaba con toda su familia: con sus padres por ser tan cuadrados, con su hermano mayor por tecnócrata, con su hermana por fresa, con su hermano menor por defender a todos los anteriores. Ahora él es el heredero, no sabemos si su historia es real pero afirma:

Para mí lo disfruté mucho desde niño porque me llevaba a conciertos de música clásica; así como vivía todas sus demostraciones que hacía en la familia. Siempre lo estaba observando y siempre esperando que llegara a la casa con algun rollo, era un protagonista en la casa, me tocó estar siempre sobre el escritorio que todavia existe, siempre viendo y viviendo su desmadre intelectual y artistico, es decir de libros y discos y llamadas por telefono a infinidad de gueyes importantes y las llamadas que las chavas le hacían etc, y despues nos juntamos más, ya que crecí y entré a trabajar compartí con él discos y pláticas y me enseñaba sus escritos lo que yo le insistía era que escribiera más de literatura, entonces escribía y me lo leía a ver que me parecía, yo me sentía raro porque qué pedo, yo quien soy para opinar de literatura, pero cuando sonaba chingón se lo decía y le ponía mucho empeño en escribir y que fuera bueno. Un día me dijo a pesar que ya había editado Pasto verde y El rey criollo, “soy Escritor”.
Era un cuate sumamente tierno y amoroso y por el otro lado tuve que vivir sus grandes arrebatos e inclusive llegar a los golpes para que no chingara, así era él cuando decidió recriminarle a todo mundo y madrearlos o espantarlos como a muchos intelectuales por lo cual le guardan aún rencor y miedo, yo tambien le entré al quite sobre todo cuando agredió a mi familia, todo fue cambiando y empeorando, pero era sumamente cariñoso con todo tipo de personas; nos dio lecciones de dejarnos de nuestros prejuicios clasemedieros, era estupendo y cuando empezaba a hablar a narrar a hacer juicios era impresionate todos se quedaban apantallados de su capacidad, inteligencia y cultura, según me dicen varios cuates que lo conocieron, Parménides era un genio.[4]


Regresando de Lousiana se metió a estudiar Economía en la UNAM, también sentía una responsabilidad frente a la historia y se obsesionó con el marxismo. Como buen teórico decidió que su literatura debía representar la lucha de clases, aunque, afortunadamente, conoció a Emmanuel Carballo, quien le ayudó a extirpar las tonterías real-socialistas, así quedó un libro de cuentos redondo e innovador que se llama El rey criollo (1970). Pronto abandonó la universidad y decidió que lo mejor que podría hacer de su vida era escribir y tomar y drogarse y bailar, siempre que podía bailaba, y conseguirse una buena mujer, una que fuera un poco fresa pero que lo comprendiera.
Finalmente, logró que su padre lo corriera de casa. Lo recibió Gustavo Greene, ahí Parme se dedicó a escribir viviendo de la única manera en que se sentía feliz: durmiendo a las dos de la mañana, despertándose temprano para meterse todo tipo de droga. Escribiendo enloquecidamente. Todo ese tiempo saltando de hoyo fonqui en bar en casa de algún amigo que tuviera fiesta. Odiando a su familia que le echaban en cara que desperdiciara su vida.
Pero, contrario a lo obvio, era un buen momento de su vida. Es la etapa de su vida más productiva, escribió Pasto Verde y En la ruta de la onda. Pero pronto todo se vino para abajo, tal vez por varias razones: su ineptitud para soportar el alcohol y las drogas y su poca habilidad para conseguir una chica que lo aguantara lo pusieron en el camino de la autodestrucción. Le daba por enamorarse de las esposas y novias de sus amigos, también por destruir las casas de sus amigos como Emmanuel Carballo, Ricardo Vinos, Juan Tovar y casi la de José Agustín. Le gustaba mucho romper discos: “Parme con sus ojos verdes incendiados tomó los disco de Alejandro y los empezó a romper, que Pink Floyd, vale madres y los aventaba, que los Rolling Stones, los aventaba que, Eric Burdon, los aventaba... dice Alejandro que nada mas dijo "no pues sí"...”[5]
José Agustín cuenta: “A Margarita y a mí nos cayó una madrugada, nos insultó en todos los idiomas y pateó la puerta hasta que el portero lo sacó a rastras; nosotros, del otro lado, nunca nos atrevimos, oh culebras, a dar la cara. Pero no es fácil darle la cara a un pinche loco desatado.”[6]
También destruyó la casa de sus padres y sus hermanos le pusieron una madriza de aquellas, pronto conoció las paredes de un hospital siquiátrico.
En otra ocasión lo atropelló un camión y se la pasó seis meses en una silla de ruedas. Parecía un pordiosero, el típico teporocho de la ciudad de México, pero todavía estaba más o menos lúcido. Se entristecía porque sus amigos le daban la vuelta, ya no lo aguantaban. Y es que sí era un tipo complicado. Hasta su amiga del alma, con quien se hablaba de usted, Elena Poniatowska lo corrió de su casa.
También le gustaba pelearse con las grandes estrellas de la república de las letras. Por ejemplo, un día, muy enojado fue a madrear a Octavio Paz nomás porque en la revista Plural lo había ignorado al formar una antología de literatura joven. Uno de los encargados de la antología, Ignacio Solares, tuvo que detener a Parme quien iba derechito a la oficina de Paz. Esta intervención permitió que el poeta se pudiera esconder en el baño. Al final, nuestro autor terminó dominado por Solares y otra persona.
Y es que le gustaba retar a la autoridad, según Agustín se enfrentaba a los policías con estos maravillosos argumentos: “Chinga tu madre, pinche tira naco, pendejo, culero, ¿quién eres tú?, un pobre pendejo, les decía, en cambio yo he leído a Mailer, a Cortázar, a Revueltas.”[7]
Una de sus mejores anécdotas es el día que, siendo invitado a una boda de alta sociedad, aburrido, observando la hipocresía natural de un evento así, decidió subirse a la mesa del pastel, bajarse la bragueta y ponerse a orinar en el hermoso y angelical postre.
Se hizo amigo de Alex Lora, a final de cuentas los dos provenían de la misma clase social acomodada. Entraba y salía de los manicomios, se perdía cada vez más seguido, aunque en ocasiones quería trabajar. El fondo fue cuando llegó a casa de sus padres para, una vez más, destruir todo y asesinar a su madre. Lo intentó dos veces. Terminó en la cárcel y salió más loco que nunca. Sus últimos días son depresivos. Aislado en un cuarto de azotea en la colonia Polanco, vivía de lo poco que podía publicar en Excelsior gracias a la intervención de su tía Magdalena Saldaña quien trabajaba en el periódico. Sus textos carecían de gracia e inteligencia, su locura había invadido su escritura de la peor manera posible. El 19 de septiembre de 1982, a los 38 años murió solo, probablemente por culpa de una pulmonía mal cuidada, aunque el reporte médico informa que se había bebido siete copas antes de morir. Diez días tomó que alguien se diera cuenta de su muerte.
Para no dejarlos con este final, transcribo una parte del cagado manifiesto que entre José Agustín y Parménides redactaron al formar el Partido El Patín del Diablo.

(Exigimos) que se suprima el himno nacional y en su lugar se ponga “You can´t always get what you want”, porque los mexicanos no debemos estar al grito de guerra sino al grito de ¡ajúa!;
que se quite el águila de la bandera y se le reemplace con una cola de mota, como recomienda Mad;
que Los Pinos se vuelva jardín público dedicado a las manifestaciones del arte, mainly del nuestro; deberá haber cabañas para cagar, cabañas para leer, ¡cabañas para coger! Más cabañas a petición;
que todos anden encuerados aunque haga mucho frío porque el calor es interno y el respeto a la chaqueta ajena es la paz, o hazte tu chaira pero no salpiques, porque, como dijo Octavio Paz, fuera máscaras, y se lo cogió Carrillo Flores.[8]


Texto leído en la presentación de Pasto Verde, reeditado por Jus, junto a Miki Guadamur y Carlos Velázquez el día 9 de marzo del 2012 en la Kaffe Haus al interior de la librería Gandhi en Torreón, Coahuila.

[1] Agustín, José; Contra la corriente, Diana, México, 1991, p. 27
[2] Ángeles, Rosa Carmen; “Una de Parménides García Saldaña”, Pastoverde08, (en línea) http://pastoverde08.wordpress.com/una-de-parmenides-garcia-saldana/ (Fecha de consulta: 21 de mayo del 2012)
[3] Ramos, Antonio; “Parménides García Saldaña, el hermano”, Nuevos instintos, 17/01/2011, (en línea) http://kozameh.wordpress.com/2011/01/17/parmenides-garcia-saldana-el-hermano/ (Fecha de consulta: 21 de mayo del 2012)
[4] Ibidem
[5] García Saldaña, Edmundo; “Sobre el Three Souls in my Mind”, Parménides García Saldaña, 23 de mayo del 2010, (en línea) http://parmenidesgarciasaldana.blogspot.mx/2010/05/sobre-el-three-souls-in-my-mind.html (Fecha de consulta, 21 de mayo del 2012)
[6] Agustín, José; Op. Cit. pp. 21-22
[7] Agustín, José; Op. Cit. p. 25
[8] Agustín, José; Op. Cit, p. 21

sábado, abril 28, 2012

Hola, me llamo Daniel y soy villamelón


Un buen villamelón no ve el partido pero se entera de la euforia a través de Twitter.

Un buen villamelón llega tarde a todos los partidos, a todos.

Un buen villamelón, llega a ver el partido tarde, pero seguro.

Un buen villamelón siempre llega tarde a los partidos de su equipo, de preferencia al segundo tiempo.

Un buen villamelón se despierta de su siesta diez minutos antes del partido.

Un buen villamelón ve el partido mientras lee artículos en la red.

Un buen villamelón trabaja mientras disfruta del partido.